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Las desventajas de la sociedad

“La creencia en una fuente sobrenatural de maldad no es necesaria. El hombre por sí mismo ya es bastante capaz de la mayor de las atrocidades”

Esto escribía Joseph Conrad, el escritor viajero que se adentró en el río Congo y de paso en los oscuros recovecos del alma humana con su libro “El corazón de las tinieblas”.

Recuerdo haberlo leído pocos años después de “Vagabundo en África”, de Javier Reverte, su novela más influida por el escritor anglo-polaco.

En ambos casos recuerdo la caída del mito de las tribus ancladas casi en el neolítico y su idílica vida tribal. Los escasos y raros periodos de paz entre estos pobladores de las selvas y sabanas del continente de ébano daban paso a matanzas enfermizas por un trozo de tierra o por el motivo más absurdo.

Solo el puro aislamiento causado por la frondosa e impenetrable naturaleza en algunas pequeñas y excepcionales poblaciones amazónicas mantenía en mi imaginario la utopía de la persistente bondad del alma humana.

Elevándose en el tiempo, la historia de la evolución humana no es sino una carrera de superación que se ha ido complicando en una madeja cual bola de nieve. Después de unos pocos miles de años de civilización registrada el resultado es similar a la complejidad de las misteriosas conexiones neuronales del cerebro. Nuestro gran desconocido motor.

Dicha carrera frenética es una historia de muerte y sufrimiento, de continuas guerras y tensiones por terruños o poder. También se trata de una búsqueda de la trascendencia y del sentido último de nuestra propia existencia.

Lo resumía muy bien Isaac Asimov en su saga de “La Fundación” donde utilizaba el símil de la caída del imperio romano para justificar un análisis de lo ocurrido tras las invasiones bárbaras gracias a la “psicohistoria”. El comportamiento humano sigue unos patrones predecibles cuyas corrupciones surgen de la propia interacción.

El ruso lo solucionaba en retrospectiva con una suerte de ficticia neo edad media controlada por los eruditos para preservar lo bueno de la civilización.

Cualquier análisis de las desviaciones que produce nuestra vida en común posee un valor incalculable que debería ayudarnos para seguir prosperando hacia el deseable destino de una sociedad mejor.

Por todo ello hay que valorar a Juliet Shor en su diagnóstico de la sociedad norteamericana (como paradigma de la sociedad occidental) y por sus postulados acerca del “Nuevo sueño americano”, donde apela a una economía de pequeña escala más satisfactoria, ecológicamente menos impactante y rica en tiempo.

Es un trabajo titánico que yo definiría incluso utópico, a contracorriente, y con todo un entramado de intereses mundiales en contra. Tendemos irremisiblemente a un mundo gobernado por las grandes corporaciones, como vaticinó Philip K. Dick en su relato que después fue la película de culto “Blade Runner”.

Portada de la película de Ridley Scott.

El imperialismo capitalista avanza desbocado hacia su siguiente e impredecible crisis, más imparable si cabe desde la incorporación del gigante asiático chino.

De las cenizas de ese imperio deberemos levantarnos con la misma resignación que utilizamos desde hace siglos para sobreponernos a las invasiones, colonizaciones, guerras y catástrofes naturales que han ido conformando las diferentes civilizaciones que someten la superficie de la Tierra.

Contando canas…

La calvicie y las canas se asocian tradicional y erróneamente a la sabiduría del que ostenta la una o las otras. En mi caso son las otras, una mera alteración genética de la melanina.

Es la edad en realidad, y la observación curiosa del devenir lo que propicia el incremento de la conciencia.

Comparto la creencia extendida de que la curiosidad es fundamental para el verdadero aprendizaje, aunque considero que es un don aleatoriamente repartido. No todo el mundo posee el aguijón clavado de la intrepidez intelectual, y esgrimo que ni una educación estricta y rígida limita la curiosidad (quizá incluso la alienta) ni una educación moderna y participativa van a marcar una gran diferencia, aunque no niego que las haya.

En mi limitada visión parcial y subjetiva del asunto vislumbro una sociedad que se ha ido auto regulando a través de los siglos de la manera más productiva posible para su supervivencia, tan asumida como en ocasiones ha sido precaria.

Explorar nuevas formas de relacionarnos me parece un invisible esfuerzo constante y continuo, convulso en ocasiones, pero inexorable, y la raza humana está condenada por su propia naturaleza a realizarlo.

Sacar los pies fuera del tiesto, explorar, investigar, imaginar, crear, innovar, son tareas que en mi modesta opinión no se pueden detener. La humanidad es una ola demasiado grande para ser contenida. El agua siempre se abre paso a través de las grietas.

Ya lo decía Bruce Lee: “Be water, my friend”, Sé agua, amigo mío.

https://youtu.be/4NGXAgRXkAo

 

 

 

 

La lucha de los olvidados

La lucha de los olvidados.

No acudió a la pequeña manifestación, y los del sindicato se las arreglaron para mover los hilos necesarios y saturar su planilla con guardias inoportunas e indeseadas. Se lo tomó con filosofía, como siempre. Al menos la dejarían tranquila unas semanas. 

Quien no le dejó en paz en toda la tarde del sábado fue Castillo, el “usuario” drogodependiente que imploraba su dosis de metadona cada quince espasmódicos minutos.

A las diez de la noche acababa su turno y al fin dejaría de escucharlo. Llevaba veinticuatro horas allí encerrada. No había psiquiatras de guardia y la epidemia copaba la atención de los dos médicos de urgencias y los tres de refuerzo que había ordenado la Consejería. Nadie hacía caso al desagradable enfermo mental adicto y desahuciado.

Sin embargo su voz carajillera y chulesca resonaba como un hilo musical de mal gusto entre el barullo de la barroca sinfonía terrorífica de lamentos, quejidos, llantos y gritos. Urgencias nunca había sufrido semejante colapso.

Ella decidió al final no regresar a casa. Su marido le llamó desde el camión intentando cruzar la frontera. La soledad en aquellos momentos de histeria le parecía un lujo muy por encima de los escrúpulos.

Sus hijas le mandaban mensajes desde Londres asombradas de la virulencia con la que España había sido invadida. Apagó el móvil intentando concentrarse y ser lo más útil posible.

Tomó a Castillo por enésima vez de la mano y le acompañó de vuelta a la pequeña sala de espera. Intentó sentarle, pero éste se negaba arguyendo que toda la gente hacinada dentro estaba loca.

Ella examinó los rostros desencajados e inconsolables de los muchos familiares empeñados en permanecer allí. 

No había manera de vaciar la sala, el vigilante de seguridad se había rendido. Dio parte a sus superiores y advirtió que habría que pedir ayuda a la Guardia Civil. Los locales estaban desaparecidos, y al pueblo no llegaba la Policía Nacional.

Necesitaba quitarse a Castillo de encima, el síndrome de abstinencia no colapsaba los pulmones, el virus sí. La supervisora corría detrás de las camillas intentando ayudar a entubar a los que llegaban en peor estado. No estaba para nadie, y menos para una auxiliar que no era “de la cuerda”.

Su inagotable buen carácter le ayudó a conservar la compostura. Comprendió lo absurdo de intentar hacer entrar en razón al drogadicto. Lo acompañó empujando suavemente con la mano su espalda. Comenzó a hablarle en susurros obligándole a prestar atención. Cualquier cosa por una dosis. Necesitaba abstraerlo de aquel caótico Apocalipsis sanitario.

En uno de los boxes, un enfermero estaba demasiado ocupado revisando el respirador de una persona mayor a la que ya apenas le llegaba el oxígeno. Aprovechó para llevarse una de las dos sillas y una caja de diazepam que pudo ver de refilón en una vitrina. Consiguió pasar inadvertida a pesar de llevar a rastras a Castillo del brazo, lo que no le facilitaba los movimientos.

Abrió la diminuta habitación del material de limpieza y apartó las fregonas y los cubos del suelo. Colocó la silla en el centro y sentó al inconsolable desgraciado mientras vertía cuatro pastillas del poderoso ansiolítico en su mano.

—Ahora cierra los ojos y dentro de un rato volveré a traerte más.

La distorsionada percepción de la realidad del enfermo mental le permitió no obstante comprender la esencia de lo que estaba ocurriendo. Tragó los comprimidos y comenzó a balancearse hacia adelante y hacia detrás esperando que le hiciesen efecto.

Cerró los ojos agradecido por la voz calmada y amable que le había guiado en medio de la tormenta. No se dio cuenta de que la auxiliar había cerrado la puerta.

A partir de aquel momento la noche se recrudeció y ella no pudo cumplir su promesa de volver con más tranquilizantes. Al amanecer, a punto de desfallecer, se detuvo mareada apoyándose en la puerta de servicio.

Maldijo para sus adentros y abrió la puerta. Castillo yacía inconsciente, amoratado y con restos de una hemorragia nasal. El trastero se encontraba totalmente desordenado, y había sangre en la puerta. Sin duda había sido incapaz siquiera de encontrar el interruptor de la luz una vez el pico del efecto de la benzodiazepina había descendido. Mucho menos de abrir la puerta.

En aquel momento las piernas le fallaron y un picor en los pulmones le hizo temerse lo peor. Tenía que apresurarse. Azuzó a Castillo hasta que lo consiguió despertar.

—Vamos, tienes que marcharte.

Castillo alcanzó la puerta de emergencias a duras penas. La cabeza le daba vueltas pero no sentía el mordisco de la droga en su alma.

Distinguió a la auxiliar entrando de nuevo. A sus ojos el pequeño hospital provincial era un monstruo que devoraba personas y escupía cadáveres. Una ambulancia estuvo a punto de atropellarle.

Sumido en su sueño delirante llegó hasta su piso ocupa cochambroso y consiguió tomarse en antipsicótico que guardaba como un tesoro bajo el colchón.

Bendita clozapina…

Tercer intento

La primera vez que intenté escribir una novela desconocía totalmente los entresijos del mundo editorial.
Carecía de las habilidades técnicas para una composición ordenada, iba a resultar como en otras tantas facetas de mi vida una mera improvisación.

Escribí cuesta abajo, partiendo de la catársis personal y de experiencias reales adaptadas.
El resultado fue mediocre para el público, pero excelso para mí. Había roto un límite más en mi vida.

Comprender las carencias te puede hundir o motivar. Lo segundo me sobrevino y me lancé hacia un ulterior intento mucho más meditado, ordenado, calculado y preciso.
Apliqué toda la despersonalización que pude para dotar a los personajes de vida propia.
Aún así todavía eran reflejos de mi experiencia personal.
La trama resultó un descubrimiento, y el desafío que me supuso ciordinar dos líneas argumentales paralelas me ayudó mucho como ejercicio creativo.
Sentí que empezaba a aprender el alfabeto de la escritura de novelas. Creo que me quedé en la letra “b”.

Mi tercera novela se escribe, a diferencia de la primera, cuesta arriba, sumido en una precariedad incapacitante que enerva hasta la rabia mi psicología consiguiendo en contadas ocasiones vencer al cuerpo con la mente.

El resultado no es muy prometedor, pero la lección de superación personal recibida no se puede adquirir en ninguna consulta psicológica ni psiquiátrica, en ningún manual de autoayuda.

Romperte es una decisión personal muy íntima.

Ahora que yo ya me he fracturado definitivamente, visualizo un horizonte con dos opciones; el silencio absoluto vencido por la fractura, o la avalancha de intentos de conseguir mi objetivo…
Escribir una novela.

El oro de Calderón

Puertatrás

No es un detalle cualquiera. Nadal no rompe raquetas. Ni la mayor de las rabias contenidas provoca esa necesidad de destruir su arma de trabajo. Cuenta Toni Nadal, su tío y entrenador, que le negó ese gesto. No podía permitir que como ídolo de masas mande ese mensaje de frustración a sus pequeños admiradores, que seguro no tenían una marca deportiva detrás que le suministre material ilimitado. Una eficaz raqueta puede valer un puñado de centenares de euros, inalcanzables para muchas de las familias españolas en esta economía crítica. Al social había un segundo discurso. Rafa no podía arremeter contra otros y mucho menos contra un objeto por la culpabilidad de sus fallos. No hay que buscar excusas. Cuenta una anécdota que el propio tenista decidió seguir jugando con una cuerda rota en un partido porque realmente lo que tenía que mejorar era simplemente su actitud y su juego.

El…

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Ha nacido un nuevo mutante: el escritor independiente

La Ciudad de las Esferas. Review

LA CIUDAD ESFERAS

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AVISO: CONTIENE SPOILERS!

El resumen de la contraportada explica perfectamente el libro, una mezcla de Ciencia Ficción tintada al color de los clásicos y sabiamente mezclada con buenas dosis de fantasía.

Mi opinión personal no es imparcial por ser el autor quien es, y he reconocido fragmentos del libro que evocaban momentos inspirados en la realidad.

Dicho esto empezaré insistiendo en que me ha gustado mucho, a pesar de no ser devoto de la fantasía aunque sí de la ScF y explicaré brevemente el porqué. Más tarde añadiré lo que me ha gustado en menor medida a título personal.

El personaje central. La elección de la edad es soberbia. Un adolescente o preadolescente da psicológicamente mucho juego. En mi opinión de lo mejor de la novela. He agradecido el tono “blanco” del libro sin renunciar con naturalidad a la curiosidad y observación del personaje del tema femenino.

La ambientación. Espectaculares decorados y soberbia la forma de mezclar la estética/etnografía medieval con el universo interestelar.

Las aventuras. Verosímiles combates épicos y descripciones muy conseguidas del dolor, el sufrimiento y el esfuerzo. Giros inesperados y sorpresas bien administrados. Un 10.

La profundidad de la historia. Se atisba una pseudo trascendencia que de algún modo va apareciendo poco a poco y haciendo madurar la historia y al protagonista, aunque a mi me ha costado digerir lo del Gran Juego. Por momentos me ha parecido detectar algo de sutil ironía. Esta trascendencia abre el abanico de la historia de una forma espectacular. Ardo en deseos de leer el segundo volumen.

El estilo narrativo. Me ha gustado mucho el equilibrio entre descripción/acción/diálogos. No me han parecido pesadas las descripciones y sí muy ilustrativas y atractivas. Los mercados, los paisajes, los escenarios…normalmente en la fantasía se sobrecargan, y en este libro me ha parecido todo explicado en su justa medida. Los personajes eran todos muy creíbles psicológicamente, con roles claros y coherentes en el desarrollo de la acción. Aterradores los malos. Entrañables los buenos.

Mención honorífica a los delacantos, maravillosa creación animal con importancia en la trama. Jonás ardería de envidia.

En el lado que me ha dejado menos satisfecho dentro del tono general excepcional.

La brusquedad del cambio de escenario y para mi gusto no se expresa con tanta profusión el dolor por la pérdida de su madre, hermana y amigos como su adopción y la fácil adaptación al nuevo escenario de la laguna. He echado en falta alguna lagrimilla más.

La ciudad flotante parecía que iba a dar un poco mas de juego. Se me ha hecho corto el fragmento en el que allí se desarrolla la introducción. Suficiente pero a mí particularmente me desaparece muy del todo la ciudad. ¿Cae a tierra? ¿Se desintegra?

En definitiva y desde el punto de vista de alguien que ha perpetrado un intento de novela (Una puerta para el exilio), conocedor de la dificultad que entraña encajar todas las piezas y mantener el interés en la historia y a la vez hacer agradable la lectura, me parece una novela excepcional que captura y abstrae como se espera de las buenas novelas de fantasía/ScF. El nivel de información, detalles, explicaciones, personajes, es impresionante. Víctor puede estar orgulloso de la capacidad fantástica de su erudito padre, el cual me ha sorprendido haciendo asequible a mis limitaciones una novela de apasionantes aventuras totalmente cinematográficas. Conociendo al autor temía algo más técnico y arduo. No ha sido así. Enhorabuena y espero que la saga no tarde mucho en continuar.

long long time ago...

long long time ago…

Nuevos Virus de la estupidez

Según prestigiosos estudios avalados por científicos especializados la estupidez es contagiosa. La Universidad de Stampford-Bridge en su memoria anual publicaba una estadística apabullante: Uno de cada tres seres humanos es estúpido, y la ratio progresa in crescendo debido a una epidemia alimentada por las nuevas tecnologías.

El uso constante de aparatos electrónicos produce una ralentización del córtex neuronal –según reza dicha memoria– irreversible y tremendamente adictivo, toda vez que la propagación de ideas absurdas sin contrastar, sin revisar, sin cotejar, sin discernir, sin comprobar y sin analizar a través de las redes sociales hace fluir una sustancia indeterminada en nuestro cerebro anegando importantes áreas del mismo que afectan al raciocinio elemental. Los Smartphones y la enorme portabilidad en general de cualquier visualizador de la red han actuado como gasolina para apagar un incendio. “El contagio se produce por unas ondas pseudo herzianas que empatizan entre sí retroalimentándose y utilizando las antenas de telefonía móvil para propagar un virus psicotrópico que se aloja sobre el hipotálamo paralizando los neutrinos sobrantes de las conexiones neuronales en la raiz del cerebelo, lo que impide completar los razonamientos entrópicos y endomórficos desencadenantes de la inteligencia habitual”– Según narra el profesor Christian Splatter de la mencionada universidad.

El National Dumbness Center de Ohio aporta en las conclusiones de su estudio para las Educational Corporations of the F.U.S. a su vez espeluznantes evidencias de una confabulación mundial para aborregar a la humanidad con objeto de convertir a la población en una suerte de granja de consumidores que sustentaría a una oligarquía poseedora de las multinacionales que con sus lobbies controlarían la producción de ideas y la eliminación de cualquier resistencia a su propagación.

Todos estos datos irrefutables no consiguen sino que nos preguntemos ¿son las nuevas tecnologías un avance? y también ¿son realmente nuevas las nuevas tecnologías? ¿ Dónde radica su novedad?¿Estamos indefensos ante Android, IOS, W8, Ubuntu, las pantallas Amoled, Super Amoled y Ultra Super Amoled de retina y córnea?¿Deberíamos abandonar toda esperanza y dejarnos penetrar por toda información desdeñable con tal de no ser víctimas de las consecuencias de nuestros actos?

Preguntas que quedan todas ellas en el aire suspendidas en un incómodo interrogante.

Baloncesto callejero providencial

Dicen que la vida no se empieza a saborear en toda su paleta de sensaciones hasta que has cumplido los cuarenta. Yo nunca creí que seguiría jugando a baloncesto o practicando deporte alguno más allá de esa frontera. Como en tantas muchas otras cosas en la vida, me equivocaba.

A los veinte años no le das importancia a la forma física (si de forma natural la posees). El cansancio y las secuelas de un ejercicio intenso desaparecen pronto. La coordinación entre las órdenes del cerebro y la respuesta muscular es casi perfecta, y tan solo se requieren para la excelencia el aprendizaje y el entrenamiento.

Con los tobillos y rodillas lesionados, la espalda pidiendo perdón por su inflexibilidad, los dedos ajados y sangrantes por la dermatitis, y el cerebro ralentizado por los calmantes para la ansiedad, parecería que la frontera de la cuarta decena de años en este planeta fuese insalvable.

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Todo lo contrario.

El viernes tras finiquitar las obligaciones familiares ya caída la primaveral noche sobre la ciudad me vendé el tobillo, me aseguré la espina tibial con una cincha ortopédica y un calentador de neopreno y me puse las lentillas y la crema de manos para evitar que la piel inflamada se agrietase demasiado en los dedos más afectados. Casualmente los de la mano de tiro, la derecha.

Me vinieron a la cabeza la reciente saga de películas de Iron Man, con Robert Downey Jr., y la antigua e infame saga de Robocop. Veinte años atrás nada de todo aquello habría sido preciso, ahora se trataba de requisitos indispensables para poder seguir caminando después de un ratito de ejercicio.

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Las canastas del Primer Molí ya estaban de vuelta tras las fiestas de la Magdalena, en que suelen usar el recinto para las “Mascletás” de las dos de la tarde y las quitan durante toda la semana. Eran las ocho y pico y todavía había bastante gente, apenas una canasta libre. Un nutrido grupo de rumanos jugaban a una especie de fútbol-tenis, unos críos copaban las canastas de la derecha. En los bancos vistiéndose para marcharse un colega de otras tardes de baloncesto callejero me saludó.

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– ¿Ya te vas? – le dije

– Llevo aquí desde las seis, ya es hora, no puedo más. En aquella canasta les falta uno…

Mi intención era emular a Steve Nash en sus veinte minutos de calentamiento en solitario, no echar un tres contra tres con energéticos veinteañeros, pero me venció la pasión y accedí.

Eran más rápidos, pero no tanto, más altos, pero no mucho más, y mucho, pero que mucho más jóvenes.

Me parecieron en cualquier caso ángeles que acudían a mi rescate y me brindaban una oportunidad más de vaciar esa frustración del movimiento del cuerpo cotidiano, esa furia interna que solo el deporte, especialmente si es de equipo y de contacto puede calmar.

Los tobillos aguantaron, la rodilla derecha falló un par de veces, los dedos sangraron dolorosamente, pero el ansiolítico no pudo deshacer la necesidad angustiosa de superación, la oportunidad competitiva en un entorno distendido que el tres para tres me estaba ofreciendo.

Todo había cambiado, antes habría tirado en suspensión desde los cuatro metros, ahora tenía que penetrar para asegurar la canasta. Me taparon un par de veces, pero yo también hice daño defendiendo. Di pases interiores vertiginosos a mi compañero alto que hacía de pívot y engañé un par de veces despejándome el camino hacia el aro.

Mi capacidad de salto nunca será la misma, pero no me impidió disfrutar, encestar, defender, sudar, y extenuarme como hacía veinte años.

El dolor es relativo, y la ausencia del mismo no garantiza una mayor felicidad. Mi euforia al volver a casa sin lesiones tras una hora de vaciar toxinas sobre la cancha era inenarrable, incomparable a la de mi juventud, donde la ausencia de sentido del esfuerzo convertía la agilidad y la velocidad juveniles en anécdotas sin importancia que quizá eran apenas un entrenamiento para todo lo que habría de venir después.

Oración acorporativa

Oh misterioso y huidizo creador, dame si no la certeza al menos la intuición del sentido de este absurdo peregrinaje confuso y caótico, lleno de incoherencias y fuerzas titánicas que nos empujan hacia la nada.Siembra en el timón de mi existencia la sospecha de una estrella que guie el navío a merced de tantas corrientes poderosas y encontradas. Dibuja una senda con pequeñas señales en el denso bosque de gigantes que ofusca los sentidos.Hazte cargo, oh incierto arquitecto, de las contradicciones en que has sumido a este pequeño átomo con conciencia de sí mismo, e inculca la pericia para desvelar la fórmula de la molécula que compone el entendimiento.(Oración irreverente exocorporativa y totalmente improvisada para almas atormentadas con necesidades paraformalistas y aconvencionales, preferiblementesumidas en la eterna duda de la trascendencia que tantos mundos y voluntades mueve con renovadas energías según aumenta la presión/prisión nihilistomaterialista del hostil entorno)

#Efectossecundariosdelaparoxetina?