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¡No serás del Opus!

educarconsentido

Pocas cosas hay en la vida que estén más sujetas a la opinión gratuita y sin pedirla de los demás que el número de hijos que tiene un matrimonio.

Hace poco me comentaban unos amigos que no han tenido hijos que están convencidos que después de preguntar “¿cómo te llamas?”, la pregunta más frecuente es “¿cuántos hijos tienes?”. Si la respuesta es, como en su caso “no tenemos hijos”, comienza todo un elenco de preguntas, comentarios y opiniones, siempre impertinentes, que dificultan muchísimo poder establecer una relación que merezca la pena con quien pregunta.

Si un matrimonio tiene un hijo, no falta quien pasado un tiempo pregunte la estupidez de “¿No vais a por la parejita?”. Como si los hijos fueran periquitos o guardias civiles.

Cuando tienes dos hijos parece que el común se queda tranquilo. Has cumplido con lo social (y estúpidamente) aceptable y nadie te cuestiona del porqué…

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El oro de Calderón

Puertatrás

No es un detalle cualquiera. Nadal no rompe raquetas. Ni la mayor de las rabias contenidas provoca esa necesidad de destruir su arma de trabajo. Cuenta Toni Nadal, su tío y entrenador, que le negó ese gesto. No podía permitir que como ídolo de masas mande ese mensaje de frustración a sus pequeños admiradores, que seguro no tenían una marca deportiva detrás que le suministre material ilimitado. Una eficaz raqueta puede valer un puñado de centenares de euros, inalcanzables para muchas de las familias españolas en esta economía crítica. Al social había un segundo discurso. Rafa no podía arremeter contra otros y mucho menos contra un objeto por la culpabilidad de sus fallos. No hay que buscar excusas. Cuenta una anécdota que el propio tenista decidió seguir jugando con una cuerda rota en un partido porque realmente lo que tenía que mejorar era simplemente su actitud y su juego.

El…

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I WANT YOU…2

Ha nacido un nuevo mutante: el escritor independiente

La Ciudad de las Esferas. Review

LA CIUDAD ESFERAS

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AVISO: CONTIENE SPOILERS!

El resumen de la contraportada explica perfectamente el libro, una mezcla de Ciencia Ficción tintada al color de los clásicos y sabiamente mezclada con buenas dosis de fantasía.

Mi opinión personal no es imparcial por ser el autor quien es, y he reconocido fragmentos del libro que evocaban momentos inspirados en la realidad.

Dicho esto empezaré insistiendo en que me ha gustado mucho, a pesar de no ser devoto de la fantasía aunque sí de la ScF y explicaré brevemente el porqué. Más tarde añadiré lo que me ha gustado en menor medida a título personal.

El personaje central. La elección de la edad es soberbia. Un adolescente o preadolescente da psicológicamente mucho juego. En mi opinion de lo mejor de la novela. He agradecido el tono “blanco” del libro sin renunciar con naturalidad a la curiosidad y observación del personaje del tema femenino.

La ambientación. Espectaculares decorados y soberbia la forma de mezclar la estética/etnografía medieval con el universo interestelar.

Las aventuras. Verosímiles combates épicos y descripciones muy conseguidas del dolor, el sufrimiento y el esfuerzo. Giros inesperados y sorpresas bien administrados. Un 10.

La profundidad de la historia. Se atisba una pseudotrascendencia que de algun modo va apareciendo poco a poco y haciendo madurar la historia y al protagonista, aunque a mi me ha costado digerir lo del Gran Juego. Por momentos me ha parecido detectar algo de sutil ironía. Esta trascendencia abre el abanico de la historia de una forma espectacular. Ardo en deseos de leer el segundo volumen.

El estilo narrativo. Me ha gustado mucho el equilibrio entre descripción/acción/diálogos. No me han parecido pesadas las descripciones y sí muy ilustrativas y atractivas. Los mercados, los paisajes, los escenarios…normalmente en la fantasía se sobrecargan, y en este libro me ha parecido todo explicado en su justa medida. Los personajes eran todos muy creibles psicológocamente, con roles claros y coherentes en el desarrollo de la acción. Aterradores los malos. Entrañables los buenos.

Mención honorífica a los delacantos, maravillosa creación animal con imporancia en la trama. Jonás ardería de envidia.

En el lado que me ha dejado menos satisfecho dentro del tono general excepcional.

La brusquedad del cambio de escenario y para mi gusto no se expresa con tanta profusión el dolor por la pérdida de su madre, hermana y amigos como su adopción y la fácil adaptación al nuevo escenario de la laguna. He echado en falta alguna lagrimilla más.

La ciudad flotante parecía que iba a dar un poco mas de juego. Se me ha hecho corto el fragmento en el que allí se desarrolla la introducción. Suficiente pero a mí particularmente me desaparece muy del todo la ciudad. ¿Cae a tierra? ¿Se desintegra?

En definitiva y desde el punto de vista de alguien que ha perpetrado un intento de novela (Una puerta para el exilio), conocedor de la dificultad que entraña encajar todas las piezas y mantener el interés en la historia y a la vez hacer agradable la lectura, me parece una novela excepcional que captura y abstrae como se espera de las buenas novelas de fantasía/ScF. El nivel de información, detalles, explicaciones, personajes, es impresionante. Víctor puede estar orgulloso de la capacidad fantástica de su erudito padre, el cual me ha sorprendido haciendo asequible a mis limitaciones una novela de apasionantes aventuras totalmente cinematográficas. Conociendo al autor temía algo más técnico y arduo. No ha sido así. Enhorabuena y espero que la saga no tarde mucho en continuar.

long long time ago...

long long time ago…

Nuevos Virus de la estupidez

Según prestigiosos estudios avalados por científicos especializados la estupidez es contagiosa. La Universidad de Stampford-Bridge en su memoria anual publicaba una estadística apabullante: Uno de cada tres seres humanos es estúpido, y la ratio progresa in crescendo debido a una epidemia alimentada por las nuevas tecnologías.

El uso constante de aparatos electrónicos produce una ralentización del córtex neuronal –según reza dicha memoria– irreversible y tremendamente adictivo, toda vez que la propagación de ideas absurdas sin contrastar, sin revisar, sin cotejar, sin discernir, sin comprobar y sin analizar a través de las redes sociales hace fluir una sustancia indeterminada en nuestro cerebro anegando importantes áreas del mismo que afectan al raciocinio elemental. Los Smartphones y la enorme portabilidad en general de cualquier visualizador de la red han actuado como gasolina para apagar un incendio. “El contagio se produce por unas ondas pseudo herzianas que empatizan entre sí retroalimentándose y utilizando las antenas de telefonía móvil para propagar un virus psicotrópico que se aloja sobre el hipotálamo paralizando los neutrinos sobrantes de las conexiones neuronales en la raiz del cerebelo, lo que impide completar los razonamientos entrópicos y endomórficos desencadenantes de la inteligencia habitual”– Según narra el profesor Christian Splatter de la mencionada universidad.

El National Dumbness Center de Ohio aporta en las conclusiones de su estudio para las Educational Corporations of the F.U.S. a su vez espeluznantes evidencias de una confabulación mundial para aborregar a la humanidad con objeto de convertir a la población en una suerte de granja de consumidores que sustentaría a una oligarquía poseedora de las multinacionales que con sus lobbies controlarían la producción de ideas y la eliminación de cualquier resistencia a su propagación.

Todos estos datos irrefutables no consiguen sino que nos preguntemos ¿son las nuevas tecnologías un avance? y también ¿son realmente nuevas las nuevas tecnologías? ¿ Dónde radica su novedad?¿Estamos indefensos ante Android, IOS, W8, Ubuntu, las pantallas Amoled, Super Amoled y Ultra Super Amoled de retina y córnea?¿Deberíamos abandonar toda esperanza y dejarnos penetrar por toda información desdeñable con tal de no ser víctimas de las consecuencias de nuestros actos?

Preguntas que quedan todas ellas en el aire suspendidas en un incómodo interrogante.

Baloncesto callejero providencial

Dicen que la vida no se empieza a saborear en toda su paleta de sensaciones  hasta que has cumplido los cuarenta. Yo nunca creí que seguiría jugando a baloncesto o practicando deporte alguno más allá de esa frontera. Como en tantas muchas otras cosas en la vida, me equivocaba.

A los veinte años no le das importancia a la forma física (si de forma natural la posees). El cansancio y las secuelas de un ejercicio intenso desaparecen pronto. La coordinación entre las órdenes del cerebro y la respuesta muscular es casi perfecta, y tan solo se requieren para la excelencia el aprendizaje y el entrenamiento.

Con los tobillos y rodillas lesionados, la espalda pidiendo perdón por su inflexibilidad, los dedos ajados y sangrantes por la dermatitis, y el cerebro ralentizado por los calmantes para la ansiedad, parecería que la frontera de la cuarta decena de años en este planeta fuese insalvable.

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Todo lo contrario.

El viernes tras finiquitar las obligaciones familiares ya caída la primaveral noche sobre la ciudad me vendé el tobillo, me aseguré la espina tibial con una cincha ortopédica y un calentador de neopreno y me puse las lentillas y la crema de manos para evitar que la piel inflamada se agrietase demasiado en los dedos más afectados. Casualmente los de la mano de tiro, la derecha.

Me vinieron a la cabeza la reciente saga de películas de Iron Man, con Robert Downey Jr., y la antigua e infame saga de Robocop. Veinte años atrás nada de todo aquello habría sido preciso, ahora se trataba de requisitos indispensables para poder seguir caminando después de un ratito de ejercicio.

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Las canastas del Primer Molí ya estaban de vuelta tras las fiestas de la Magdalena, en que suelen usar el recinto para las “Mascletás” de las dos de la tarde y las quitan durante toda la semana. Eran las ocho y pico y todavía había bastante gente, apenas una canasta libre. Un nutrido grupo de rumanos jugaban a una especie de fútbol-tenis, unos críos copaban las canastas de la derecha. En los bancos vistiéndose para marcharse un colega de otras tardes de baloncesto callejero me saludó.

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– ¿Ya te vas? – le dije

– Llevo aquí desde las seis, ya es hora, no puedo más. En aquella canasta les falta uno…

Mi intención era emular a Steve Nash en sus veinte minutos de calentamiento en solitario,  no echar un tres contra tres con energéticos veinteañeros, pero me venció la pasión y accedí.

Eran más rápidos, pero no tanto, más altos, pero no mucho más, y mucho, pero que mucho más jóvenes.

Me parecieron en cualquier caso ángeles que acudían a mi rescate y me brindaban una oportunidad más de vaciar esa frustración del movimiento del cuerpo cotidiano, esa furia interna que solo el deporte, especialmente si es de equipo y de contacto puede calmar.

Los tobillos aguantaron, la rodilla derecha falló un par de veces, los dedos sangraron dolorosamente, pero el ansiolítico no pudo deshacer la necesidad angustiosa de superación, la oportunidad competitiva en un entorno distendido que el tres para tres me estaba ofreciendo.

Todo había cambiado, antes habría tirado en suspensión desde los cuatro metros, ahora tenía que penetrar para asegurar la canasta. Me taparon un par de veces, pero yo también hice daño defendiendo. Dí pases interiores vertiginosos a mi compañero alto que hacía de pívot y engañé un par de veces despejándome el camino hacia el aro.

Mi capacidad de salto nunca será la misma, pero no me impidió disfrutar, encestar, defender, sudar, y extenuarme como hace veinte años.

El dolor es relativo, y la ausencia del mismo no garantiza una mayor felicidad. Mi euforia al volver a casa sin lesiones tras una hora de vaciar toxinas sobre la cancha era inenarrable, incomparable a la de mi juventud, donde la ausencia de sentido del esfuerzo convertía la agilidad y la velocidad juveniles en anécdotas sin importancia que quizá eran apenas un entrenamiento para todo lo que habría de venir después.

Oración acorporativa

Oh misterioso y huidizo creador, dame si no la certeza al menos la intuición del sentido de este absurdo peregrinaje confuso y caótico, lleno de incoherencias y fuerzas titánicas que nos empujan hacia la nada.Siembra en el timón de mi existencia la sospecha de una estrella que guie el navío a merced de tantas corrientes poderosas y encontradas. Dibuja una senda con pequeñas señales en el denso bosque de gigantes que ofusca los sentidos.Hazte cargo, oh incierto arquitecto, de las contradicciones en que has sumido a este pequeño átomo con conciencia de sí mismo, e inculca la pericia para desvelar la fórmula de la molécula que compone el entendimiento.(Oración irreverente exocorporativa y totalmente improvisada para almas atormentadas con necesidades paraformalistas y aconvencionales, preferiblementesumidas en la eterna duda de la trascendencia que tantos mundos y voluntades mueve con renovadas energías según aumenta la presión/prisión nihilistomaterialista del hostil entorno)

#Efectossecundariosdelaparoxetina?

Y luego está la triste realidad… (2)

Dia extraño este, un campeonato de liga después nos volvíamos a enfrentar a los Hoosiers, por la tarde me habían dado un extraño masaje de espalda, y en el equipo rival jugaba mi gigantesco y gran amigo Jose Luis.

Los tobillos estaban al 90 %, pero la rodilla derecha era el necesario recordatorio de mis pecados. Llevé una cincha patular y una faja lumbar deportiva en previsión de una recidiva de la dolorosa lumbalgia irradiante que me llevaba atenazando las últimas semanas. Definitivamente el fin de mi vida deportiva se acercaba a pasos agigantados.

La previsión era meter una canasta y perder de 30 puntos. Por primera vez en mi vida me bebí un cuarto de red Bull porque a las horas de la noche en que nos enfrentábamos yo ya no sabía si la pelota era esférica o tetraédrica.

El partido fue mejor de lo esperado aunque no superé mi marca de una canasta por partido. Perdimos apenas de 20 puntos: 40 a 60.

Le hice varias involuntarias y violentas faltas a mi amigo, el cual no me humilló más de lo preciso. Ésta vez no hubo mocos ni bronquitis, tan solo falta alarmante de forma física que me llevó a perder varios balones y a no penetrar apenas a canasta.

Entre varios rivales hubo bronca pero JL y yo nos abstuvimos de enzarzarnos e intentamos poner paz infructuosamente. Al final la sangre no llegó al rio.

Jose Luis y yo, cuarentones irredentos nos abrazamos al final del partido contentos por haber sobrevivido sin mayores percances que un par de golpes costillares yo y un puñetazo de boxeo él.

Compartir una pasión es muy bonito… pero creo que me voy a ir retirando del negocio de la alta competición ( o competición contra altos)

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Caoba y Los Grises

Había olor a sangre en el ambiente, los lobos venían con hambre atrasada de sus infructuosas y dispares cacerías particulares. Necesitaban la fuerza de la manada para actuar. En soledad eran más bien cobardes y rehuían el enfrentamiento.

Tan solo había que localizar a la débil e incauta presa que mostrase su descuidado costado.

Había un lobo que no acababa de teñir su pelaje del mismo color que el resto. Sin duda era un lobo, de afilados ojos y poblada cola, viajero incansable de estepas como los demás. Pero su pelaje poseía tonalidades caoba que desconcertaban a algunos miembros absolutamente grises. El gris es un color muy apropiado para una manada. Cuando corrían juntos pasaban desapercibidos o como mucho se asemejaban a una gran mancha gris uniforme latente y temible camuflada entre los cedros y los arbustos del bosque. Caoba rompía su uniformidad. Cuando surcaban las nieves del invierno allá donde Caoba se situaba parecía una pequeña mancha de sangre palpitante entre el peludo grupo de corredores.

redwolf

Los miembros más grises no dejaron pasar la ocasión, Caoba se adelantó en su turno de aullar a la luna y por un segundo su voz resonó por el valle antes que la del resto. Los grises le saltaron al cuello al unísono amenazando con degollarle.

Caoba sabía de su cobardía y no temió por su vida. Se sintió triste por verse atacado sin sentido por sus compañeros de cacería, a muchos de los cuales había defendido ante lobos de manadas rivales. Se limitó a escucharles rugir sin sentido y sentir una pena profunda por su debilidad.

Muchas otras veces aquellos que le rugían se habían adelantado tambien en la oración nocturna, pero eran incapaces de ver o asumir su propia pobreza, mucho menos de reconocer sus propios errores. Era como si intentando intimidar a Caoba pudiesen descargarse de su culpabilidad inasumida. Ahora entre sus rugidos lanzaban miradas inquisidoras al resto de adormecidos camaradas, esperando su aprobación e incitandoles al degüello.

Al rugirle miraban con dureza a Caoba haciendo comprender que todo aquello era por su bien, pero sin  ceder ni un solo decibelio a la misericordia.

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Caoba se mantuvo en silencio contemplando cómo algún débil se unía al coro de los despropósitos, pero calculando que no iba a prender el intento de linchamiento en la mayoría de congéneres.

Los Grises no comprendían el silencio de Caoba, y a más silencio por respuesta más nerviosos se ponían. Caoba se batía normalmente hasta con ocho cachorros aprendices en las sesiones de caza, y ninguno de aquellos grises miserables era capaz de batirse con más de tres. Llegado el momento los podía despellejar uno a uno, pero no se trataba de eso. Caoba sabía bien que la costumbre de la manada es que parezca un solo cuerpo, aunque la apariencia en sí careciese de cualquier valor. Lo importante según Caoba, y aunque en ocasiones Los Grises no quisieran admitirlo, era dar de comer a la manada y defenderla de los Lobos Negros, su peligrosa manada rival.

Caoba era irreprochable en ese aspecto, y los ridículos gruñidos por su aullido precoz no prendieron en el resto del consejo. En el fondo ansiaba un combate final donde herir de muerte a Los Grises y partir en soledad como su viejo amigo Kazán, el solitario perro lobo. Estaba cansado de las confrontaciones dentro de la manada, pero una vez más el Jefe del Consejo acalló la jauría y enfrió los ánimos.

A fin de cuentas Caoba se sentía con el mismo derecho que Los Grises a ocupar su sitio en la manada, por mucho pedigree que ostentasen en ocasiones. Así parecía susurrarle La Luna y así lo iba a pelear desde su silencio y su afinada caza cotidiana.

Los Grises no parecían comprender que cada cual dentro de la manada era especial por una cosa o por otra.

Caoba alzó la mirada hacia la luna con más melancolía que la noche anterior, y emitió un tristísimo aullido interior rogándole a la diosa blanca y redonda que colgaba en el Cielo que le llevase pronto con ella a cantar la eterna canción de las estrellas.

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